Sire Records y la campaña «No lo llames punk»: cómo la new wave conquistó el Reino Unido en 1977
A medida que el punk iba ganando impulso, las discográficas, tanto grandes como pequeñas, intentaron contratar artistas. Sire Records, fundada por Seymour Stein y Richard Gottehrer en 1966, fue la pionera de los artistas independientes y emergentes. Es bien sabido su conexión con Ramones y lo que costó su primer disco: apenas siete días de grabación y 6.400 dólares. Menos conocido fue el intento prolongado de la discográfica de promocionar, a finales de los 70, sus bandas más incómodas y desencasillarlas del punk para no arruinar las ventas.
No lo llames punk
El término new wave había sido usado originalmente por la crítica musical estadounidense para etiquetar a las bandas punk de Nueva York a principios y mediados de los 70.
Pero fue Seymour Stein quien lo convirtió en estrategia. En octubre de 1977, Sire Records lanzó la campaña «Don’t Call It Punk» para sustituir la palabra punk por new wave.
Un folleto distribuido por la discográfica resumía la operación con una imagen tan improbable como certera: un Bugs Bunny enfundado en chupa de cuero abrazaba la new wave junto a grupos como los Ramones o The Saints, recién incorporados a esa corriente de etiqueta más amable.
El punk rock era visto como peligroso, violento y anárquico, y eso dificultaba tanto la contratación de bandas como la venta de discos y la obtención de emisiones radiofónicas en los estados más conservadores de América.
La solución no era cambiar la música, sino cambiar el nombre. Seymour Stein fue, al parecer, la primera persona en utilizar activamente ese término, y la prensa musical lo recogió de inmediato.
No lo llames punk no era solo una maniobra cosmética. La expresión new wave también aludía a la Nouvelle Vague francesa, el movimiento cinematográfico de los años 60 conocido por su enfoque experimental y su ruptura con las formas tradicionales.
Asociar el ruido eléctrico de Queens o Brisbane con la sofisticación del cine de autor europeo era, cuando menos, una jugada audaz. Pero funcionó. Blondie venía del mismo circuito que los Ramones, con chaquetas de cuero y una inconfundible voz femenina al frente.
David Byrne, con su torpeza estudiada, encajaba junto a Elvis Costello, que mezclaba rockabilly con una dicción extrañísima.
The Police añadían reggae y ska a su versión del punk. Todos cabían bajo ese paraguas llamado new wave. Ninguno llamaba demasiado la atención en una emisora familiar.
The Saints y el viaje sin retorno
The Saints eran punk antes de que el punk tuviera siquiera nombre, completamente ajenos a la escena que se estaba desarrollando en el Reino Unido y a las modas y expectativas que la acompañaban.
Junto a Radio Birdman, habían cocido en Brisbane algo que nadie en Europa había pedido pero que todos necesitaban. Su single autoeditado fue lanzado en septiembre de 1976, más de un mes antes que «New Rose» de The Damned y dos meses antes que «Anarchy in the U.K.» de los Sex Pistols.
El orden cronológico no dejaba lugar a dudas sobre su lugar en la historia, aunque la historia tardara décadas en reconocerlo.
Cuando EMI los fichó, la discográfica tenía pensado promocionarlos como una banda punk al uso: ropa rasgada, pelo de punta. Los Saints se negaron y mantuvieron una imagen deliberadamente apagada.
Esa resistencia a dejarse moldear diría mucho sobre lo que vino después. Firmaron con el sello progresivo Harvest de EMI, compañeros de catálogo de Wire, y entregaron uno de los temas punk clásicos por antonomasia con (I’m) Stranded, antes de convertirse en asiduos de los programas musicales televisivos del Reino Unido.
«This Perfect Day», el single promo, vería la luz en julio de 1977 tanto en Australia como en el Reino Unido y Alemania. La canción alcanzó el puesto 34 en las listas británicas, la única entrada de la banda en el Top 40 del país, y les valió una aparición en el mismísimo Top of the Pops. Una banda de Brisbane tocando punk en la televisión de prime time británica.
Pocos momentos de 1977 resumen mejor la velocidad a la que el mundo se había dado la vuelta. Lo que EMI no supo gestionar fue la demanda: la discográfica no prensó suficientes copias para satisfacerla, y la canción dejó de subir por razones que no tenían nada que ver con la música.
Stiv Bators y Cheetah Chrome
Entre noviembre y diciembre fue el turno para la superbanda de Stiv Bators y Cheetah Chrome. Una gira junto a The Damned, como para perdérsela. Los Dead Boys llevaban apenas un año de vida como banda con ese nombre, pero ya cargaban con la reputación suficiente para que su presencia en cualquier cartel fuera una promesa de caos controlado.
La gira de invasión británica les puso frente a públicos que los desconocían y que, noche tras noche, no volvieron a ser los mismos.
Entre los directos de aquella travesía, se rescató íntegro el que celebraron el 27 de noviembre en el mítico Roundhouse de Londres. Un show grabado de 35 minutos que abría con Sonic Reducer, que es la manera correcta de abrir cualquier cosa.
Para los más fieles existe una versión pirata en CD del evento bajo el título Roundhouse 1977, con una tirada de 100 unidades publicada en 2012. Cien copias para lo que debería haber sido un documento oficial. Así funciona la memoria del punk.
Lo mejor de la new wave está en Sire Records
Eso rezaba el póster promo de 1977 que anunciaba el desembarco de la llamada invasión británica que pregonaba la discográfica, con tres bandas capitales que habían sido fundamentales para prender la llama en el CBGB: Richard Hell and the Voidoids, los irrepetibles Dead Boys y Talking Heads.
Tres propuestas radicalmente distintas entre sí, unidas por una misma dirección postal en el catálogo de Sire. La campaña «No lo llames punk» encontraba ahí su mejor argumento: ¿cómo llamar punk a algo tan difícil de clasificar?
Debajo del titular del póster, el itinerario de Richard Hell recorría más de veinte ciudades, repitiendo en Londres, en poco más de tres semanas sin apenas descanso.
Muchas de las fechas entre octubre y noviembre teloneaban a The Clash en su Get Out of Control Tour. Poco archivo hay de aquellos directos de Hell, pero sí de la banda de Strummer, que documentó aquella gira con la exhaustividad de quien sabe que está protagonizando algo irrepetible.
Los inclasificables Talking Heads visitaron por primera vez el Reino Unido en mayo de 1977. Londres, Leeds, Glasgow, Bristol, y para terminar, dos fechas consecutivas en el Roundhouse londinense, en un repertorio en el que 9 de sus 16 canciones procedían de Talking Heads: 77.
Aquel mismo directo lo compartieron cartel con Ramones y The Saints, lo que convierte esa noche en una de las coordenadas más densas de todo aquel año. Tres bandas de tres mundos distintos, tres maneras de entender para qué sirve una guitarra eléctrica, todas bajo el mismo techo y todas firmadas por el mismo sello.
Talking Heads regresaría al Reino Unido en 1979 en una gira también extensa, ya con varios álbumes a sus espaldas y con una ambición musical que había dejado muy atrás cualquier etiqueta de nuevo ingreso.
Para entonces, David Byrne ya no era el chico nervioso del CBGB. Era otra cosa. Exactamente lo que Sire necesitaba que fuera.
¿Consiguió Sire Records su objetivo?
Depende de cómo se mida el éxito. Si el objetivo era sobrevivir al punk sin quemarse con él, la respuesta es sí. Si era convertir a los Ramones en estrellas de radio, la respuesta es no. Seymour Stein entendió antes que casi nadie que el punk no era un género sino una actitud, y que esa actitud podía habitar formas muy distintas.
La campaña «No lo llames punk» no fue una traición al movimiento sino una lectura pragmática de sus límites comerciales.
El problema es que los límites comerciales y la historia no siempre coinciden. Las bandas que Sire intentó desencasillar del punk son hoy exactamente eso: punk. Con o sin Bugs Bunny.



